El Congreso aprobó el otro día dos reformas: la Lomce y la que la sustituirá. Se confirma, pues, esta tradición democrática: cada gobierno elabora su ley educativa; es imposible llegar a un acuerdo en esta materia; el PP no puede reformar la escuela según una parte del sector educativo y político.
La Lomce es una norma más necesaria que idónea y le va mejor a autonomías como la nuestra, a aquellas con las tasas de fracaso escolar y de repetición altísimas. Pero sigue sin reformar de manera decidida la Primaria, estataliza buena parte del currículo pese a que habla de autonomía pedagógica y pone apellidos al título de la ESO, lo que condiciona el itinerario académico del graduado. No cito lo de la Religión, la diferenciada o el catalán, pero eso son los fuegos de artificio que iluminan la oscuridad de la gresca ideológica.
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