Hay una palabra que en política educativa está muy desaprovechada: la empatía. Es bueno recuperarla ahora, en medio de la negociación del Pacto de Estado y no tanto por parte de los políticos sino por los ciudadanos. Sólo hay que ver los comentarios de cualquier noticia educativa para concluir la dificultad de estructurar un sistema que dé respuesta a la pluralidad cuando cada voz de dicha pluralidad reclama, exige y reivindica un módelo único de escuela. Creo que nos falta empatia para asumir esa pluralidad como planteamiento propio. Gastamos tantas energías en plantear nuestras soluciones que perdemos la perspectiva de que en este sistema también tienen que caber los demás, y debe satisfacer sus demandas.
Pasa en el debate sobre clase de Religión sí o no, en el de qué lengua tiene que ser la vehicular en la enseñanza, sobre hasta dónde llega la gratuidad del derecho a la Educación, es decir, si la Concertada es derecho o capricho, etcétera etcétera.
Y son los políticos (esto sí que es atrevimiento, hablar bien de ellos) los que con sus decisiones políticas moderan las posiciones con cierta consciencia de que gobiernan para todos y todas. Cuando siguen esta senda, ni contentan a unos ni a otros, y cuando lo olvidan (demasiado a menudo) soliviantan a bastantes. Quizás por eso, por no contentar a nadie nunca del todo, los tengamos todo el día cara a la pared.