Artículo publicado en El Mundo Valencia, 12 de septiembre de 2010.

En una ocasión, estando en el edificio Octubre de Acció Cultural, un docente accedía a leerme “a pesar” de no escribir “dentro de mi ámbito lingüístico”. Yo escribo en castellano, lo que, a su juicio, tiene alguna incompatibilidad con dirigirse a la escuela valenciana. Cuando un maestro nacional oriundo de Valladolid se expresa en estos términos, se entiende mejor la realidad política valenciana que el debate sobre el modelo lingüístico implantado en colegios e institutos.
En la actualidad, convive en nuestro sistema educativo una especie de modelo ‘a la carta’ lleno de siglas (PIP, PIL, PEV) que depende del mayor o menor uso del valenciano como lengua vehicular de enseñanza. Un modelo en teoría basado en la libertad de elección, pero que no atiende toda la demanda de líneas en valenciano y que en ocasiones avasalla a alumnos que buscan y no encuentran una enseñanza en castellano. Casos puntuales que no son más porque, al igual que en el proceso de admisión, las familias se conforman y/o buscan acomodo fuera de la escuela pública.
Un modelo ineficaz, tanto en el uso de recursos según la Administración, como, sobre todo, por sus resultados. Bien es cierto que los problemas de la Educación valenciana no se pueden reducir al modelo lingüístico, pero ni la comprensión lectora resultante en PISA, ni las competencias de los alumnos en valenciano y lengua extranjera que reflejan las evaluaciones diagnósticas pueden calificarse de satisfactorias.
Pero más allá de estos peros que nos recluirían en el mismo debate que lleva la Comunitat desde la aprobación de la Llei d’Ús i Ensenyament del Valencià hace más de 25 años, el gran reto de este modelo es dar respuesta ya a una necesidad histórica que es el aprendizaje de idiomas.
Es un reto al que se enfrentan todas las autonomías y cada una, en estos momentos de crisis, lo soluciona de una manera. En las comunidades sin lengua propia, es relativamente más fácil. En las que como la Comunitat, existe cooficialidad, la introducción del inglés como lengua vehicular se complica, porque, en síntesis, el horario es el mismo pero son más a repartir.
El empeño de los defensores de importar el modelo lingüístico catalán choca con la realidad social valenciana –y política– que en democracia no se puede descalificar como simple ‘pan y circo’ y que tiene su prueba del algodón en que ninguno de los dos partidos mayoritarios defenderá a las claras un programa electoral que propugne un sistema educativo monolingüe en valenciano. Los problemas en la adquisición de conocimientos que genera este modelo en Cataluña, bien ocultos en las evaluaciones oficiales, se agravarían en una sociedad no bilingüe, sino disglósica, como la valenciana. Casi es de admirar el empeño de sus promotores en Valencia si no fueran porque la baraja con la que juegan su mano lleva la cara de nuestros hijos.
El debate para el futuro no es éste, insisto, sino cómo introducir la lengua extranjera, específicamente el inglés, en nuestras escuelas. Y una segunda lengua. Ni mucho menos educar significa en exclusiva enseñar (en) inglés, pero si la Educación es la garantía de la igualdad de oportunidades, el hándicap lingüístico en España incumple este objetivo en la Europa actual. Un reciente estudio señala que tres de cada cuatro ofertas de empleo cualificado exigen inglés.
Aprender un idioma, se ha demostrado, requiere su uso, más que su mera enseñanza. Es decir, convertirlo en lengua vehicular. Añadir una sigla más al glosario de las líneas lingüísticas es insistir en un modelo que requiere revisión.
El esfuerzo es mayúsculo, tanto político como presupuestario. Y debe priorizar la formación del profesorado. A diferencia de lo que se está haciendo con Escuela 2.0, anticipando la dotación de portátiles para el alumno a la formación del docente, necesitamos un profesorado capacitado en impartir su asignatura en inglés para ofertar enseñanza en inglés. Y esta capacitación requiere una certificación más seria que la actual, en la que prácticamente sirve la capacitación en valenciano para cualquier otra lengua. Exige que si se financia la formación de un docente, éste adquiera el compromiso de aprovecharla en el aula, porque en la actualidad, independientemente de la línea en la que se estudie, el profesor imparte la clase en el idioma que le da la gana. Y, sobre todo, se necesita dinero para formación. Y, por qué no, valentía política. Por ejemplo, con todas las garantías laborales, convertir el inglés en un requisito en las oposiciones. Es un buen momento, ahora que ha terminado el periodo transitorio de la LOE y debe negociarse (en Madrid) un nuevo acceso a la función pública docente.
Las tensiones lingüísticas en torno a la lengua y la escuela no están en la sociedad valenciana sino en los valencianos asociados (y afiliados y militantes), pero es que el mundo no nos espera y plantea nuevos retos. Uno de ellos es diseñar un nuevo modelo lingüístico integrado con flexibilidad para las familias y centros, más que varios caminos inconexos donde los criterios pedagógicos no siempre mandan. Que comience en Infantil y que no dependa del voluntarismo docente. Qué varíe según edades, porque hay etapas del aprendizaje que es más conveniente el uso de la lengua materna y en otras donde el plurilingüismo es exponencialmente enrriquecedor. Que se ponga al servicio del escolar la formación docente en la que se invierte. En definitiva, hacer común lo que aquellos que han podido pagarlo ya han resuelto.