Los docentes, como tantos trabajadores, autónomos y empresarios –e incluso algún político– no son culpables de la crisis económica. Por ello, que sus consecuencias recaigan sobre ellos no tiene nada que ver con la justicia. Es, por lo que parece, una necesidad. Así, si tan inevitables son los ajustes, éste es el único argumento válido para que el sector apriete los dientes y asuma su cuota de padecimiento. No sé si señalar a los culpables los hará menos inevitables. Pero no nos debemos olvidar que lo que se recorta al funcionariado no son privilegios, sino condiciones laborales. Y es injusto y también innecesario que la opinión pública acompañe los recortes con tópicos como que trabajan poco, tienen muchas vacaciones o que al menos ellos tienen empleo.

Lo cierto es que el profesor es el factor clave del hecho educativo. Por eso se dice que mejorar a nuestros docentes es mejorar nuestra escuela. En este campo, son tres las áreas donde la política educativa debería incidir.
En primer lugar, la formación inicial y el acceso del profesorado al sistema educativo. En lo primero, con el grado y el máster se ha mejorado. En cuanto al acceso, en la última década han habido varias reformas, y todas más preocupadas en la estabilidad laboral que en la selección profesional. Seguro que conocen a alguien que con un diez en los exámenes no conseguía plaza por no tener antigüedad.
Lo segundo, la estabilidad de los equipos docentes, que hay que distinguir de lo anterior. Las grandes ofertas de empleo redujeron el porcentaje de interinos pero no evitaron que muchos institutos continúen cambiando cada curso más de la mitad de su claustro.
El tercer factor es la formación continua, que es precisamente la que ve como su contraprestación retributiva se acaba de reducir a la mitad. En este sentido, tres ideas: priorización de áreas porque no vale lo mismo aprender a patinar que formarse en competencias; retorno de la inversión porque no tiene sentido mandar a un docente un mes a Inglaterra y que no lo aproveche en su asignatura cuando vuelva y establecer una carrera profesional porque es absurdo que para que un docente pueda cobrar más tenga que irse del aula donde está demostrando la valía que se quiere premiar.
Estamos a las puertas de una extensión del plurilingüismo que exigirá un extra formativo con la mitad de recompensa. Porque los ajustes son injustos, esperemos que temporales y quizás inevitables, pero nefastos si se trasladan al alumnado.
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(Publicado en El Mundo Valencia este mes)