Si tomamos como base para un cálculo facilón 7.000 euros de gasto por alumno y año que realizan la arcas públicas, cada trabajador llega a una empresa con un maletín formativo valorado grosso modo entre 90.000 y 150.000 euros. Rápidamente: la escolarización mínima son diez años pero lo común más, contando Infantil; más del 40% de los valencianos repite y la OCDE calcula que cada año repetido en España supone un gasto extra de 11.000 euros; rozamos el 40% de universitarios, que con Bachillerato están seis años más en el sistema y pese a las tasas a un coste mayor que el señalado… Lo dicho, a partir de los 100.000 euros por joven. Que en gran medida dicha inversión no haya sido eficaz ni mucho menos eficiente no quita que pongamos en valor el esfuerzo social realizado para que las empresas le saquen provecho productivo.

Pero no hablo de reproches. No es en lo que me centro. Lo que quiero hacer ver es que también el tejido empresarial tiene mucho que ganar si dicha inversión es más eficaz y eficiente, al tiempo que debe asumir su corresponsabilidad social para que nuestra escuela mejore porque será la empresa la que también se beneficie de ello.
Cierto, la empresa paga un sueldo al trabajador y en ello se retribuye su conocimiento. Y con sus impuestos, como todos, la empresa financia ese gasto social. No lo dudo. Lo que digo es que es hora de que la empresa participe de ese nuevo lugar común que señala que “la tribu educa”.
Lo más evidente es su permeabilidad con los estudios de FP, donde tienen que ganar los alumnos y también las empresas. Una colaboración en doble sentido, porque las empresas también pueden aportar a los institutos lo que más les falta: recursos.
Pero donde más, creo, puede ayudar el mundo de la empresa es a modificar el valor que damos a los estudios. En Murcia se intentó llegar a un compromiso entre Administración y las asociaciones empresariales para que éstas respetasen los tiempos académicos para no cebar el abandono educativo y, en cualquier caso, hicieran compatible el empleo no cualificado con la continuación de los estudios. A vista está que fracasó. Pero reconozcan que no tiene sentido que para que se llenen los institutos, el paro debe desbocarse y, por el contrario, que el auge económico vacíe nuestras escuelas. Algo falla si el éxito educativo es inversamente proporcional a la evolución del PIB.

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(Artículo publicado en El Mundo Valencia)