Uno de los tesoros que nos ha regalado la incorporación laboral de la mujer, la igualdad de sexos y similares cambios sociales es el descubrimiento de los propios hijos por parte de los padres. Una nueva relación de paternidad. Supongo que algunos siguen pensando que es insoportable la carga de decir adiós a Ryanair –ahora que todavía podemos disfrutar– y otros siguen poniendo la misma cara en el parque infantil que la que se observa a las puertas de los probadores de lencería “¿Qué hago yo aquí?”.

Decía la semana pasada Oscar González, un maestro de Bocairent que presentó el libro “Familia y Escuela. Escuela y Familia”, que muchos padres piensan que la educación de sus hijos no va con ellos, que cualquier ocupación vale para postergar la atención al niño. En las tutorías lo que se ven son madres.
La Conselleria quiere ser pionera en que los padres valencianos obtengan un permiso laboral para asistir a las tutorías. De la iniciativa se beneficiarán padres y madres, pero no estaría de más que los primeros la aprovecharan mejor.
Detrás de la medida de la Conselleria está el mismo interés, por ejemplo, de Oscar con su Alianza Educativa –un proyecto apasionante– que es ni más ni menos implicar a las familias en el proceso educativo. “Muchos padres piensan que la Educación la debe pagar la Administración y es responsabilidad de los docentes” me explica María José Català. Que con ellos no va la cosa. Por cierto, justo el problema que se detecta en Finlandia. De tan bueno que es su sistema escolar, los padres delegan toda la responsabilidad educativa.
No conozco las necesidades finlandesas, pero sí algo mejor las españolas. Y ésta es una de ellas, porque los estudios señalan –lo dijo recientemente la OCDE– que los escolares cuyos padres se involucran en su proceso educativo tienen mayores probabilidades de éxito escolar. “Y no se necesita un doctorado” decía el paper, sólo con leer un cuento con ellos por las noches o, más mayores, comentar la actualidad o compartir plato y mantel –y tele apagada– ayuda.
Si piensa que no tiene horas, imagine, su hijo es al que le ponen deberes para casa. Y seguro que no le racanea minutos. Al menos por ahora, que le puede pasar como a los de Odyssey y, tras descubrir el tesoro, ver cómo le desaparece.

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Artículo publicado en El Mundo Valencia.