¿Si las familias pidieran tres deseos sobre la jornada escolar, creen que en esa breve lista figuraría que las clases sólo fueran por la mañana? El principal problema de la jornada continua es justamente éste. El metodológico. A las familias se les pregunta al final del proceso. Tras la negociación entre la Administración y sindicatos, tras la redacción del proyecto de jornada continua por parte de la dirección del centro y el profesorado, tras su presentación al Consejo Escolar al que apenas un 13% de padres vota… se le preguntará a la familia: ¿está de acuerdo con la jornada continua? Da igual la salvaguarda de que dos tercios de los padres tengan que aprobarla; en el mejor de los casos, la familia aspira a quedarse como está.

El horario escolar sobrepasa el recinto educativo. Con medio millón de niños y niñas escolarizados en Infantil y Primaria, la incidencia de la jornada continua es social. Un cambio normativo que involucra, a vuelapluma, a más de un millón de valencianos, a la organización de cientos de miles de familias. Es, por tanto, un asunto que no puede dirimirse en una mesa sectorial. Para qué están, por ejemplo, Les Corts que votamos.
De este modo, la jornada escolar se convierte en una reivindicación laboral. Y aquí está el error. El debate se reduce a vestir con argumentos el anhelo docente de trabajar sólo por la mañana. Un deseo legítimo pero no prioritario.
Fundamentalmente, porque en muchos casos dichos argumentos tienen algo de trampa y parten de un apriorismo no demostrado (por no decir falso): que la jornada continua mejora el rendimiento escolar. Sí, por la tarde el rendimiento de los niños puede bajar, pero no menos que estar cinco horas seguidas de atención continua.
Estos días he leído varios proyectos para aplicar la jornada continua. Y, como digo, están llenos de trampas. Por ejemplo, gran parte de los proyectos incluye un segundo recreo por la mañana, por lo que sobre el papel ya se pierden al menos 15 minutos al día de tiempo lectivo. Eso representa una semana menos de curso. Un cuarto de hora no es nada, dirán, pero cuánta oposición habría si se exigiera que las horas escolares duraran 60 minutos. Diez minutos más en lugar de 15 menos.
No obstante, la principal trampa de estas promesas está en que nada impide que puedan ofrecerse sin tener que cambiar de jornada lectiva. Leo en un proyecto que se garantiza a los padres tutorías a las cinco de la tarde ¿Por qué dicho centro no lo hace ya? No hay nada que se prometa a partir de las cuatro que no pueda hacerse al mediodía.
Con esto, como llega a reconocer uno de los proyectos leídos, “se espera un importante descenso en el número de comensales” del comedor escolar. Es evidente. El comedor escolar o las actividades de tarde se mantendrán mientras haya niños que asistan. Y a menos usuarios, la repercusión individual de los gastos fijos de estos servicios será mayor, hasta que dejen de ofertarse.
Lo que no se verá es un estudio sobre la inversión económica que requeriría la jornada continua si todo se financiara con dinero público. Pero, ¿tendría que pagar la Administración la jornada continua? Volviendo a la premisa de los deseos de las familias, si sobrara el dinero, quizás éstas preferirían más becas y profesores de refuerzo.
Yo creo en la autonomía de los centros. La jornada continua sería válida en dicho contexto. El problema, como ya he señalado, es que no es una propuesta que parte de dicha autonomía, o del debate social, sino desde el corporativismo. Por eso no tiene marcha atrás, aunque supuestamente los padres puedan retroceder en su decisión. Quebec ha votado varias veces ‘no’ a la independencia y nunca más volverá a votar en cuanto diga ‘sí’.
Opino que una buena estrategia educativa es mantener este orden de prioridades: Derecho a la Educación (calidad), servicio público (familias), autonomía (y responsabilidad) de los centros y derechos laborales, de tal forma que las decisiones en cada apartado mejoren las prioridades superiores sin menoscabar las de orden posterior. Con el argumento de la autonomía, se busca una mejora corporativa convenciendo a algunas familias por comodidad personal… y la calidad de la Educación queda en un segundo plano.
Con el paso de los años, quién se acordará de este tipo de advertencias. Los escolares se diluirán por los institutos, la crisis o la recuperación pondrán cifras a los presupuestos educativos y los indicadores educativos, presumiblemente, mejorarán… y será imposible –o inconveniente– analizar cómo afecta la implantación de la jornada continua en nuestros centros. Seguro, eso sí, que habrá centros públicos que cierren por la tarde, muchos más deberes para casa, menos comedores y un trasvase de alumnos a la Concertada. Las patronales ya han dicho que no piensan implantarla. Para esas ocasiones es útil tener una Conselleria a la que acusar de los males de la escuela pública –defendemos la Pública, se leerá en las pancartas– pasando por alto que no hay medida escolar más privatizadora que promover que tu colegio dé menor servicio a las familias que el de al lado.

Artículo publicado en El Mundo Valencia el 18 de marzo de 2013.
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