Esta semana varios miles de aspirantes se presentan a las oposiciones docentes. Pese a todo lo que se ha escrito sobre la situación de la escuela pública. Pese al cinismo que se esconde en quienes lo interpretan sólo como una aspiración a un empleo de por vida. Estos días miles de docentes, lo hayan hecho antes o no, aspiran a colocarse delante de nuestros hijos para enseñarles. Estiren la acepción todo cuanto puedan.

Algunos de ellos estaban en las aulas este viernes cuando terminó el curso. Diez meses que los periodistas hemos contado según las movilizaciones, los recortes y los anuncios titulaban nuestras noticias. Soy uno de ellos. Pero mi noticia es que un hijo ha comenzado a hablar y otro a leer. Eso también ha pasado en el colegio ¡Y tantas cosas!
Los profesores, las maestras, lo han tenido más difícil que otros años. Al menos, no más fácil. Como en otros tantos sectores, cierto. Pero educan a mis hijos, los guardan durante el día. No quisiera que sea un sector que padezca las penurias del momento.
Tampoco que mi reconocimiento sea complacencia. Si siguen esta columna, opino que la Educación, como sistema, requiere de mejoras y que los intereses corporativos no deben confundirse con los generales.
Creo, además, que mejorar la docencia es mejorar la escuela y no hay mayor halago al colectivo que pensar que puede ser el factor más influyente para mejorar los resultados educativos. Pero que esta consideración no pasa de ser un lema vacío si sólo sirve para conservar las cosas como están. El prestigio no puede heredarse por el título porque eso es propio de la aristocracia y no del merecimiento.
Tampoco que la llamada cultura del esfuerzo incumba sólo al niño. Se pretende además que llegue al docente. Pero padres y políticos no pueden pretender que no vaya con ellos.
Por eso, ahora que termina el curso, los padres tenemos un largo verano por delante para demostrar que estamos a la altura educadora de la escuela. Reconocer que quien ha estado cinco horas al día con ellos en los últimos diez meses han sido los maestros. Y nos han devuelto un niño más sabio que el del pasado verano. Gracias, profesores.

Artículo publicado en El Mundo Valencia.