Quien es padre –y quien no– entenderá la congoja que se siente al escuchar noticias como el fallecimiento de niñas como Iraila, artista que conocimos por la tele. Un vértigo empático cuando se derrumba la certeza, reflejada en otros, de que tras este segundo vendrá el siguiente y lo más preciado seguirá con nosotros.
Admiro cuando leo cómo la pequeña, pese a la enfermedad, siguió formándose en música y canto. Se educó. Intuyo que luchó, pues, hasta el último instante.

La Educación es esperanza. Por eso, si hoy se anunciara el fin del mundo, el no-futuro, de todas las maneras diferentes de pasar las últimas horas, ninguna sería ir a clase. Educarse conlleva el optimismo de pensar que a la vuelta de la esquina nos espera un sueño, o una generación mejor, lo que justifica los empeños y esfuerzos que a ello dediquemos en el presente. El hecho educativo es un proceso optimista más allá del resultado final, pues el camino guarda tanta grandeza como su destino. Con este convencimiento, atenazado, escucharé su voz.
La triste noticia de Iraila me provoca la necesidad de hablarles de las aulas hospitalarias. Aquí en la Comunidad –creo que vale la pena recordarlo ahora– hay trece unidades hospitalarias en nuestros centros sanitarios. El curso pasado atendieron 10.282 niños y niñas, y algo más de un centenar recibió atención educativa en su propia casa.
En estos ‘coles’ de hospital trabajan 26 profesores valencianos. Es quedarse muy corto describir su labor como un afán de que no pierdan los niños el ritmo de su clase mientras se encuentran hospitalizados. La docencia hospitalaria es la esperanza en su cara más libre de ornamentos.
Quien es padre –y quizás quien no– entiende la educación como algo personal. Conviene así entre análisis de indicadores, presupuestos y currículos, detenerse a admirar la escuela que construimos. Criticar sus defectos por las ganas de mejorarla. Y conocerla porque es el requisito para amarla. Con la seguridad, con la esperanza, de que en sus aulas hay tantas irailas por cumplir sus sueños, y tantos por despertar en quienes no los tienen. La esperanza de Iraila es un mandato a los adultos.

Artículo publicado en El Mundo Valencia.