Antes de que la inmigración llegara a nuestras aulas eran los equipos de fútbol el primer escaparate social de la interculturalidad. El caso Bosman cambió las reglas de fichajes en 1995, precediendo –sin tener nada que ver– lo que luego pasaría en la escuela valenciana. Lo sucedido en Villarreal con el plátano ha sido gráfico, si se quiere aislado, pero en la línea de lo que acontece habitualmente en los recintos deportivos donde el racismo, en general el insulto, se reserva para el contrario… y el árbitro.

Basta acudir a un partido acompañado de un menor y escuchar a los vecinos de butaca. Si una película, si un videojuego, incluye las palabras que se escuchan en la grada se cataloga como no recomendado para menores. Para mayores de 7, 13 o 18 años, dependiendo del nivel de violencia, también verbal. Según quién te toque al lado, el fútbol es un espectáculo para adultos.
Reconozco, suena meapilas, melifluo. El fútbol es pasión y rivalidad. Discrepo, no obstante, que en ello no quepa alternativa al desahogo. Somos capaces de apremiar a nuestro hijo para que termine los deberes escolares del Día de la Paz para llegar al campo a desgañitarnos insultando al contrario.
El niño lo arregla pronto con una divergencia ética, es decir, asignando los valores al contexto. Sólo así se explica que no se vuelva loco tras pasar cinco horas respetando los modales, las buenas palabras y los valores, y noventa minutos entre árbitro hijoputa, catalán-el-que-no-bote y sonidos de mono.
El caso, sin embargo, es que puede ser otra cosa. Sobre el vecino de butaca poco se puede hacer, pero al menos el padre, la madre, puede ahorrarse comportarse como un energúmeno delante de su hijo. Cuando todavía los horarios laborales merman el tiempo compartido con los hijos, cualquier experto recomienda que el poco rato que pasamos juntos sea de calidad. Como padres, por tanto, podemos convertir Mestalla en un espacio educativo. Proporcionarle esa Educación en valores, esa formación emocional que tanto reclamamos al colegio. Evitarle vivir entre dos entornos inconexos en el que la ética escolar no tiene cabida en la real. No vaya a ser que él sea el que un día lance el plátano.

Publicado en El Mundo Valencia por lo sucedido en Vila-real, lo recupero por lo acontecido en el campo del Llagostera.