Mucho se ha escrito sobre la importancia de la relación entre familia y escuela y poco de la revolución que sufre: WhatsApp.
El uso escolar de esta aplicación de mensajería instantánea y grupal supone ya para esta relación familia y escuela tanta revolución como las redes sociales entre los adolescentes. La escuela tiene su espejo deformante –ya saben, el juego de los cristales cóncavos y convexos que cambian la figura- en el móvil de cada mamá y papá. La socialización paternal en el cole principia en los cumpleaños y se perpetúa en el grupo de whatsApp pertinente.

Ya no hay rumor o hecho escolar que no cobre dimensión en el teléfono, que como un tumor se agranda y deforma en instantes sin esperar el timbre del día siguiente. Las interconexiones – los diferentes grupos por afinidades o de cada hijo– son barrancos en los que desbordan las noticias, las imágenes de menores o los líos de patio, en los que rige la máxima periodística de que los chismes negativos logran más eco que las certezas serenas.
En terreno educativo, los padres robamos responsabilidades a nuestros hijos. Sus olvidos –la tradicional hoja seca que cada otoño hay que llevar a clase– nos los remedian; sus deberes, nos los solucionan; sus exámenes, nos los ponen en el calendario. Ya no nos conformamos con hacer sus tareas sino le llevamos al día la agenda escolar.
Los docentes se enfrentan a este nuevo paradigma sentido en muchas salas de profesores como amenaza. Ya es raro el tutor, el jefe de estudios, que no advierte al inicio de curso que ante cualquier duda, no pregunten en el móvil sino en el colegio. Algunos optan incluso por pertenecer al grupo de su tutoría, pero parece una exigencia excesiva y contraproducente que al final le lleva a responder por todo un centro más allá de su clase.
Algunas editoriales, empresas y centros desarrollan herramientas de comunicación que conectan familia y colegio. La Conselleria también trabaja en su propia herramienta: tutorías virtuales en el entorno Itaca.
El error sería lo contrario. La única alternativa es establecer mecanismos reconocibles, fluidos y bidireccionales entre la familia y la escuela. Porque el me-han-dicho ya nunca va a parar.

Artículo publicado en El Mundo Valencia en octubre de 2014.