En un debate electoral sobre Educación, sorprendió la levedad argumental de la representante de Podemos, Sandra Mínguez, en torno a la actualidad educativa. Este periódico recogió su propuesta de un zumo diario y menos deberes; lo primero ya hecho por la Conselleria en campañas de una fruta al día y lo segundo, siendo deseable, mejor dejarlo a decisión del docente y no de la Administración, por aquello de la autonomía pedagógica. Mínguez también señaló que lo importante en la escuela es que el niño sea feliz.

“Quiero que mi hijo sea feliz” y que esto sea el principal objetivo de la escuela es hoy un lugar común. Un tópico extendido que se antepone a otros objetivos deseables. ¡Cómo no! Siendo padre, no puedo negar estos deseos, por lo que mi escepticismo no viene por lo que dice la frase, sino por lo que relega.
De hecho, estamos de enhorabuena. En felicidad, tenemos un sistema educativo sobresaliente. De países europeos, sólo nos supera Albania e Islandia. Según PISA 2012, el 87,3% de nuestros escolares de 15 años dice “ser feliz en el colegio”. Imagino que este porcentaje se eleva en Primaria. Por encima de la media de la OCDE (79,8%), más alta que en la Unión Europea. En esto, no hay Finlandia que nos tosa, ya que queda a más de 20 puntos de nosotros(66,9%).
La mala noticia es que según el último Pisa in Focus, “no hay relación entre felicidad de los alumnos y sus resultados académicos”.
Con estos datos, pues, no parece una prioridad política mejorar nuestra escuela en aquello que no falla. Y sí en sus carencias, fundamentalmente, en cuanto a titulación, lo cual por cierto sí crea insatisfacciones futuras, ya que otra estadística indica que a mayor formación, mayor “satisfacción con la vida”.
También el tópico –“quiero que mi hijo sea feliz”– ha relegado aquella máxima de “quiero que mi hijo sea buena persona”. De nuevo nada que objetar, si no fuera por relegar de nuevo un aspecto fundamental de la educación como es la formación integral de la persona que incluye transmitir valores y ética.
Plantear la Educación desde estas premisas es desenfocarla, cercenarle su fuerza transformadora ética, instructiva y de las personas; en suma, de mejorar la sociedad. En su lugar, un tópico axiomático, es decir, nada.

Artículo publicado en El Mundo Valencia el 5 de mayo.